El despertar de las brujas – Conjuros para otra manera de enseñar

He buscado esta fotografía de cuando era pequeña; mientras intento ordenar el relato de este texto donde quiero hablar de como se ha construido en mí, la relación entre la fotografía y la enseñanza.
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De alguna forma esta imagen me ha dado la clave. Esa soy yo de niña y estoy en los caños de meca y él es Raúl, mi madre nos retrató mientras jugábamos a mantener los cuerpos en equilibrio, me encantaba, éramos como un tótem y me sentía salvaje y libre. 

Esto me ha llevado a recordar que hace unos años, en un encuentro de astrología y tarot, me hicieron una lectura de registros Akáshicos, creo que tiene que ver con cierta memoria ancestral, un registro de todas tus vidas anteriores o algo así, era mi primera vez y todo me parecía fascinante. 

Una mujer de aspecto muy sereno me dijo que formulara una pregunta, pero yo no tenía nada claro, ¿qué coño pregunto? parecía que tenía que ser algo transcendental o importante y empecé a dudar, así que me cogió las manos y me pidió que cerrara los ojos, después de un tiempo en silencio, empezó a contarme cosas sobre mi que recuerdo ligeramente, me gustaba su voz y su manera tranquila y pausada de hablarme. 

Entonces me dijo, “en otra vida fuiste fulleta d’un arbre”. Y esto me impresionó mucho, en otra vida he podido ser una hojita, que maravilla. Que sensación de ligereza, formando parte de esa frondosa colectividad de más hojitas, todas conectadas. Que sensación de libertad, de sentido, de tierra. Me imagino recibiendo la savia, sintiendo el sol, el viento, el frío, la lluvia. Todo mi cuerpo de hojita expuesto a la vida. Pienso en el cansancio, la vejez convertida en marchitar. De verde vivo, fresco y terso a la sequedad y la rigidez.  

Raúl y yo © mamá

Me imagino que me desprendo de la rama del árbol al que pertenezco como otras hojitas y casi como si mi cuerpo fuera etéreo, planeo danzando, guiada por el viento, hasta posar en el suelo. El viento y otras hojas secas me cubren y en poco tiempo, solo soy tierra. 

Esta fotografía de mi infancia, me ha hecho pensar en los cuerpos libres. La imagen es muy bonita y no lo digo desde una mirada nostálgica o emocional, es bella por ese aire alegre que desprende, huele a verano, nos contagian las sonrisas y también por cierta sensación de lo salvaje. La ligereza que desprenden los cuerpos desnudos es de una maravillosa disidencia, como si nos retaran a imitarlos. 

Raúl está muy cerca de ser tronco de un árbol y yo, una feliz fulleta. Me recuerda a ese retrato de Sally Mann donde aparecen ella y sus hijas desnudas y sonrientes, meando de pie. Parecen tres brujas en pleno ritual, como una danza para conmemorar la llegada del verano. 

The Three Graces © Sally Mann

Animo a todas las madres y padres a que lo practiquen con sus hijes. Que ofrezcan sus cuerpos desnudos al juego y a la danza, a la orina y la naturaleza, de verdad aseguro, que no lo olvidarán nunca. 

Y pienso en las escuelas, yo doy clases de fotografía en Bellas Artes desde hace 10 años, a veces cuando estoy en clase, la frontera que separa alumnes y profesora la siento muy presente, esa extraña tensión de los roles, lo que se espera de mi y lo que creen que espero de ellos. 

Es algo que siempre estoy intentando romper, quizás para crear eso que yo no tuve cuando era una malísima estudiante de instituto, que no paraba de repetir curso y tenía unos profesores que nos metían la información como el pienso a las ocas, una forma de hacer alumnos fuá

Lo recuerdo con horror, esa distancia tan profunda. La figura de “el profesor”, entendido como un “yo hablo y tú callas” propio del sistema educativo patriarcal que aún hoy funciona. 

Ahora la escuela no huele tanto a naftalina y existen corrientes de pensamiento pedagógico renovadoras. Opciones que proponen otras interacciones en el aprendizaje, desde lo inclusivo y con una influencia importante de la lucha feminista. Lamentablemente en ocasiones se presentan desde un marco teórico, como un deseo o un ideal y de igual forma son absorbidos por estrategias y lógicas neoliberales. Éstas funcionan, entre otras cosas, a través de los roles definidos y condicionados dentro del sistema educativo, con la rigidez de los programas, las notas, el atosigamiento burocrático, las condiciones laborales y un largo etc. 

“Por supuesto que sigue habiendo autoridad en educación, incluso autoritarismo. Surge de esa triada de evaluación, burocracia y rendición de cuentas que articula una manera milimétricamente codificada y protocolizada de funcionamiento. Estamos en un sistema que penaliza no tener claro qué tema vas a tocar con un grupo de aquí a seis meses y cómo vas a medir los resultados. Sometida a esta burocracia evaluadora, la alianza de aprendices queda sin margen, se reduce a la obediencia de profesores y alumnos. Se hacen muy difícil cosas imprescindibles: arriesgarse, acoger, el aprecio mutuo, poderse perder… ¡Poder no saber!” –Marina Garcés–.

Alumnes y profesores somos atravesados por unos poderes que están muy alejados de los intereses propios de una educación de pensamiento social, si no más bien capital.

Decía Deleuze que en las sociedades de control, lo esencial no es ya una firma ni un número, sino una cifra. 

Hace poco una comadre y bellísima persona –Noelia Pérez–, me dijo que la universidad era un cúmulo de potencias tristes. Y es verdad, la tristeza vaga por los pasillos porque no hay alternativa, quiero decir, un poco desde el pensamiento de Mark Fisher cuando habla del famoso eslogan de Margaret Tatcher “There is no alternative” en referencia al capitalismo. El capitalismo educativo no ofrece alternativa y a alumnes y profesores solo nos queda la obediencia y el continuismo. 

Un ejemplo lo veo en las paredes impolutas de la facultat de Belles Arts de la UB. Un edificio creado por Franco, sobre unas tierras que despojó a los campesinos a los que desterró de mala manera, que le permitió así tener a los alumnes despolitizados, lejos del centro de la ciudad y además con un cuartel militar cerquita para tener las revueltas controladas. No tengo idea de la normativa al respecto y tampoco estoy haciendo un llamamiento disidente a pintar las paredes, dios me libre, vaya a ser que peligre mi maravilloso contrato de asociada proletaria por incitación al vandalismo, pero es algo que me sorprende muchísimo ¿Cómo puede ser que el propio espacio no respire del arte que allí en teoría se enseña? ¿Si el arte es desobediencia, por qué los alumnes no invaden el espacio con aquello que están aprendiendo? Más que Bellas Artes, en ese edificio gris y feo parece que se estudie derecho mercantil. Que yo sepa, no existe un gran movimiento estudiantil organizado que defienda o proponga otras maneras de uso del espacio académico ¿Por qué? 

Y otro ejemplo lo veo en esos profesores que llevan más de 20 años con el mismo temario, sin cambiar ni un ápice, ni de contenido ni en metodología, pidiendo exactamente los mismos ejercicios, como si los cambios estéticos, políticos, culturales o emocionales no les afectaran en lo más mínimo, aunque sólo sea para cuestionarse hasta que punto si lo que están contando en clase sigue vigente. 

Nada evoluciona para estos profesores-señoros, que se sienten cómodos y seguros en esa burbuja continuista, grandes investigadores, con mucha titulación y mucho renombre, algo que le encanta al Estado-Universidad (un día escribiré sobre el ego y sus miserias) pero que están asqueados de las clases y de sus burocracias y ya de paso, asqueados de los alumnes también, a los que tratan con desdén. 

No quiero ser una cifra, tampoco son cifras esas personas con los que comparto tantas horas que al final generas un vínculo muy bonito. No son cifras todos esos temas que debatimos sobre fotografía y otras cotidianidades y que nos permiten la posibilidad de replantearnos el mundo continuamente. Generamos tantas preguntas en clase que me maravilla no tener respuestas de la mayoría de ellas, para hacer que el debate nos posicione en otros lados, para abrir otras posibilidades de pensar la fotografía. 

Agradezco enormemente todo lo que me enseñan y lo que aprendo, lo que aprendemos, pues pienso que las clases las construimos entre todes. Y esto me lleva otra vez a cuando era una malísima estudiante, incapaz de adaptarme al sistema y a esos profesores que nos vomitaban en clase toda su apatía. Al final si algo me quedó claro es que realmente aprendo de aquello que me emociona, que de alguna manera me atraviesa, haré todo lo posible por no convertirme en un profesor-señoro, que la empatía y los cuidados mutuos sean los ingredientes básicos que alimenten nuestras clases y eso pasa por no olvidar que para mi la enseñanza es un acto de disidencia.

De alguna forma, tendríamos que conjurar las aulas, ese espacio compartido para el conocimiento, hacer de la clase un aquelarre que permita otras formas de relacionarnos con el aprendizaje. Convertir el aula en un espacio común donde aprender, como cuerpos libres, en el disfrute y el interés, a través del debate y el cuestionamiento colectivo del mundo y sus imágenes. 

Y pienso en la foto de Sally Mann y sus hijas, lo mismo tendríamos que ponerlo en práctica como método pedagógico ¿Te imaginas? Profesores y alumnes, todos en pelotas meando, danzando felices o intentando hacer posturas circenses, mientras discuten de fotografía, resuelven fórmulas matemáticas o diseccionan algún cadáver. Desde luego que nuestra relación con la enseñanza sería distinta, nos resultaría muchos más fácil aprender, pues serían cosas que nos pasarían por el cuerpo, donde el cuerpo sería el protagonista. Y hablaríamos de un aprendizaje colectivo que nos atraviese a todes, como cuerpo común. 

Hay que despertar a las brujas.

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