Homo videns (II) – Barbitúricos a la carta

Dejamos la anterior entrega sobre a las puertas del siglo XXI, más bien, sobre el felpudo. Sí, el siglo XXI, algo tan enteléquico y elástico como el siglo XXI, que es en el que vivimos ahora. Éste donde los chavales hacen cosas muy raras en el youtube, y donde los futbolistas son indiferenciables en plano general.
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La tele en el siglo XXI es prácticamente “only for” personas mayores, y las salas de cine han sido sustituidas por tiendas de ropa, que comprar ropa, aunque tengamos un cerro de prendas en perfecto estado es muchísimo más cultural, más enriquecedor e introspectivo, que las películas. Por cierto, de estas últimas, decir que ahora el cine de autor ha quedado reducido a producciones de nivel “broma absoluta”, el de “no autor” también; y que los grandes hits (blockbusters, que los llaman ahora, como los videoclubes) son para niños (algunos de los cuales pasan de los cuarenta y pesan 0,1 toneladas). Hay más series que nunca; tantas que no las podemos ni pronunciar bien; y pelis que solo se ven en los mismos sitios que las pelis para niños o para viejos (no hay término medio, como antes). Pero no adelantemos gracietas. Esto puede servir de resumen; a partir de aquí, empecemos por el principio.

No, no son Los Mundos de Yupi, ni tampoco una procesión de gigantes y cabezudos de un pueblo. Son Forrest Whitaker y John Travolta, imposiblemente tuneados en Campo de Batalla: La Tierra (Battlefield Earth. Roger Christian, 2000), ¿qué hay mejor que esta peli para ilustrar el panorama del cine a comienzos del siglo XXI? © Warner Bros, JTP Films

El Apocalipsis

El “Génesis” de las imágenes en movimiento en una pantalla ya fue desarrollado en la primera entrega. Ahora toca el nuevo siglo, una etapa que está plagada de honrosísimas excepciones pero que comenzó con un Armagedón de los gordos.

Siempre alerta, héroe incomprendido, José Ramón Márquez Martínez, “Ramoncín” © El Periódico

La piratería, perfectamente asumible en el siglo pasado, donde todo era “de casete a casete”, se disparó con la aparición de internet hasta niveles que hicieron tambalear al mismísimo Hollywood y se llevaron por delante un montón de pequeñas producciones (y grandes, si eran españolas). En países como el nuestro, con larga tradición picaresca y trocadora, el espectador común llegó a considerar la piratería un derecho. Todos los que seguíamos de cerca la sitcom de Ángeles González Sinde al mando de la Academia, recordamos con humor (ahora, a toro pasado, claro) la llamada de atención de Michael Lynton, director de Sony, donde nos venía a decir que en España pirateábamos tanto que estaban considerando vetarnos como mercado, igual que acababan de hacer con Corea.

Y eso que el plan de ramplonismo estaba funcionando: cada vez menos salas para que, al final, solo proyecten películas de superhéroes. El problema es que aquí, reclamando (con un par) la “cultura” gratis, no pagábamos ni por el entretenimiento. Batman era considerado cultura y así uno se entretenía por la puta cara. Pero vamos, fuera de Corea y España, la cosa no era tan normal. En Miami, servidor fue tentado con los Vengadores antes de su estreno en un DVD pirata, pero el bucanero me la mostró abriéndose un poco la gabardina, como los extraperlistas de posguerra, y cuando fue descubierto por el dueño del establecimiento, fue expulsado con agresividad por el mismo, al tiempo que abucheado por el resto de los clientes. Aquí no, aquí incluso insultábamos a Ramoncín por la calle; no por chulo y relamido, que podría llegar a ser razón. No, le insultábamos porque nos quería quitar nuestro derecho al robo.

“La gente en España está descargando películas en tal cantidad que está a punto de dejar de ser un mercado viable para nosotros”.

Michael Lynton, director de Sony Entertainment

Los Angeles Times

La piratería hizo que no fueran rentables éxitos que vio todo el mundo, como nuestras principales producciones de cada año, y cucadas de series como Me llamo Earl (My name is Earl. Gregg García, 2005-2009). Y ya que he citado serie, proseguiré con la tele, que hablar de productores que ahora se dedican a otra cosa es muy triste. Más, sabiendo que han entretenido a un montón de ladrones por la cara.

Ethan Suplee, Nadine Velazquez y Jason Lee en una foto de rodaje de Me llamo Earl (My name is Earl. Gregg García, 2005-2009), demasiado cara como para mantenerla con tantísimo éxito y tan poco beneficio © NBC

Sí que es verdad que hubo un génesis. Un nacimiento múltiple de series de televisión en medio de todo este apocalipsis, que cristalizarían años más tarde (justo antes de la aparición de las sagradas plataformas) en un boom de las series, donde se dijeron un montón de chorradas, como que iban a sustituir al cine, y que trajo un reconocimiento artístico a un medio que jamás (muy injustamente) lo había tenido.

Los Soprano (David Chase. 1999-2007),  Las Chicas Gilmore (Amy Sherman Palladino. 2000-2007), The Shield: al márgen de la ley (The Shield. Shawn Ryan. 2002-2008), The Wire: bajo escucha (The Wire. David Simon, 2002-2008), Perdidos (Lost. J.J Abrams, Damon Lindelof, Jeffrey Lieber y Carlton Cuse. 2004-2010)… no solo lo petaron, encima eran buenas. Y no buenas como las series buenas que se venían viendo hasta el momento, sino buenas como el cine, como lo fue la noventera Doctor en Alaska (Northern Exposure. Joshua Brand, John Falsey, 1990-1995). Por supuesto, sobre todo en España y en Corea, todas fueron descargadas y sampleadas a granel. Un servidor confiesa no haber pagado (y con “pagado” vale “ver anuncios”) por ninguna; o sea que los que no tenían ni siquiera consciencia de latrocinio, mejor ni hablamos.

Tony (James Gandolfini) de marcha con los colegas en un fotograma de Los Soprano (The Sopranos. David Chase. 1999-2007) considerada desde su segunda temporada como “El Padrino, de la televisión” © HBO

Tiempos Modernos

Ya hemos dicho que la tele-tele estaba copada por programación sólo para espectadores selectos, de solaz conformista y culturalmente degenerados. Del entretenimiento colorín y dicharachero que conocimos los del siglo XX, sólo sobrevivía el fútbol (y del cutre, que los blockbusters eran ya todos de pago), el documental de naturaleza para dormir, la teletienda, y lo que sea que estuviera haciendo Jordi Hurtado. También seguíamos ganándole al americano en la serie de ficción, pero a nosotros no nos hizo falta ninguna puesta a punto. Seguíamos haciendo nuestros asuntos de decorado cantón y Betacam Digital (yo hice una, posiblemente la última con risas enlatadas) y el público generalista no demandaba más, que los Wires y los Sopranos y esas cosas americanas eran muy raras como para emitirlas aquí (se probó con casi todas, pero preferimos la descarga con calidad fullera en el ordenador).

Parte del extensísimo reparto de Gym Tony (Javier Veiga, 2014-2016) , prácticamente una ucronía televisiva © HBO

Pasó entonces que las grandes industrias se dieron cuenta de que ya nadie miraba la pantalla del electrodoméstico. Es más, de que ya nadie consumía una serie como tal, anhelando el “próximo capítulo” antes de salir del trabajo. Ahora las consumíamos (españoles, coreanos y todo el mundo) sin denuedo, a garcilladas, al por mayor o como dicen en La Mancha: “a cholón”. 

Empezamos a consumir series exactamente igual que si fueran películas de tropecientas horas, y las consumíamos sin sentido, a lo loco. No nos habíamos enterado bien de una, y empezábamos a ver otra. Al final, uno no sabía si aquel gag que le hizo tanta gracia era de The Larry David Show, de Vikingos o de la serie de Bebé Jefazo.  ¡Todas buenísimas, eh! No se me vaya a ofender alguien.

Milagrosamente, la piratería descendió hasta límites de estupor. La clave no estaba en la racanería, si no en la pereza. La abulia del espectador (que el fan de Mujeres, Hombres y Viceversa ya traía de fábrica) era la que estaba demandando el hábito. El que pirateaba tanto, en el fondo no lo hacía por no pagar, sino por no salir de casa y hablar con otros seres humanos. Ahora, a un clic, y por algo menos de mil pelas (pesetas por si hay alguien joven leyendo) tiene usted acceso a todo el cine y las series del mundo. Sólo se percatará de alguna ausencia cuando vea anunciada en una dársena o en la lona de andamio la serie o película de una plataforma que usted no tiene. ¡Pero está todo Harry Potter! 

Ahora todos, embudo en ristre, podemos ver horas y horas de contenido de toda catadura sin necesidad de escuchar a ningún plasta cinéfilo que nos recomiende ni reventar baldas de estantería. Cuando salió el DVD y los demás soportes digitales (al igual que ocurriera con la música y el CD), la industria estaba regalando el formato, y ya cualquiera podía hacer una copia sin pérdida de calidad en el proceso (como ocurría de vinilo a casete, por ejemplo). Ahora mismo, estamos viviendo directamente la desaparición del formato. Las pelis son más magia que nunca.

Candance Cameron (la hermana de Kirk en la vida real), Jodie Sweetin y Andrea Barber, veinte años después de Padres Forzosos (Full House. Jeff Franklin, 1987-1995) en un frame de su secuela, Madres Forzosas (Fuller House. Jeff Franklin, 2016-2020), revival de Jeff Franklin para las nuevas plataformas y éxito rotundísimo en Netflix © Netflix

Y las posibilidades de diversión también. Porque no sólo se ve contenido. Reconózcanmelo todos/as: ¿esas maravillosas sobremesas de la cena perdidas enteramente en elegir un título? Eso es un entretenimiento de primer nivel que da gloria verlo, hombre. Esa sensación de elegir por fin a las tantas de mañana y quedarse dormido entre planos que cuestan más que urbanizaciones enteras… En el siglo XXI sí que saben divertirse.

Porque ésta es otra, palpable en espectadores de toda condición y nivel cultural, social o lo que usted quiera, la depreciación del producto llegó a fines de los 90 para quedarse para siempre. Me explico: hay dos factores que determinan lo mucho que ha dejado de valorarse, por ejemplo, una película. Uno viene dado con esa comodidad a la que me refería hace tres párrafos, con el confort y el progreso tecnológico, llamémoslo factor “de vagancia”; el otro es el factor de voy a dar en llamar “de tolerancia”.

El factor vagancia es sencillo. Y ahora (si algún joven lee esto se ofenderá y me llamará “búmer”y cosas así que no se lo que significan) me explico más, en plan Abuelo Cebolleta: en el siglo XX, te enterabas de que una película, por ejemplo americana, no se iba a estrenar aquí. Ya habías sembrado un anhelo, uno profundo, además. Después te recorrías rastros, tiendas… hasta que un conocido resultaba que tenía una copia. Comprabas una cinta virgen, tu colegui te prestaba su copia; con sumo cuidado grababas de vídeo a vídeo, y… por fin (lo mismo habían pasado un par de años en el proceso) la veías. La calidad de la copia no era muy buena, y la propia peli no era muy allá, pero la disfrutabas, te recreabas, gastabas la cinta de pasarla, la recomendabas, la prestabas… en definitiva, la valorabas. Muchísimo, porque te había costado, aún pirateando, mucho esfuerzo.

Ahora te metes en la interné, haces chas y aparece a tu lado, la ves mientras compruebas las descargas de otras cosas y tus ojos se recrean en la trastería de tu escritorio, no la terminas, te aburre, la odias porque imaginas a su gente viviendo mucho mejor que tú, y rápidamente corres a explicarle a todo el mundo que es “la mayor mierda” que has visto en tu vida y te ríes de ella como si su producción no hubiera costado un riñón, la ruptura de varias familias y algún que otro stunt muerto. Lo hacemos con los teléfonos móviles que nos fabrican los pobres menores de edad de China, ¿cómo no nos va a salir de natural darle cera a los del cine, que tienen chalé con piscina los cabrones? Se puede decir que el nuevo espectador no quiere sorpresa ni emoción. Quiere cine a la carta. Quiere ser guionista, sin estudiar ni escribir, para el deleite de su propio ego. Porque ahora nada cuesta ni dinero ni esfuerzo.

Posiblemente Han Solo: una historia de Star Wars (Han Solo: A Star Wars Story. Ron Howard, 2018) sea el filme con menos agujeros de guion de toda la antología Star Wars, tiene muñecos monísimos, decorados geniales, los mejores disfraces y grandes secuencias de acción, pero… ¡Vaya mierda, ¿no?! Ya estaba juzgada y sentenciada mucho antes de su estreno, sólo gracias al arte del porterismo verdulero de la internet. ¡La Magia del Cine! © Disney / Lucasfilms

El otro es el factor de tolerancia y sí, hace referencia a la tolerancia del “límite de tolerancia”, lo mismo que las drogas. Cuanto más se drogue uno, más se adaptará su organismo al subidón, y llegará un momento en el que uno “se ponga” ya como quien se trasiega un vaso de agua. Con esto de la ficción en audiovisual pasa lo mismo: el cine, por ejemplo, se ha esmerado durante toda su historia en el siglo XX en copar cada vez, y poco a poco, más estratos de belleza, finura y calidad. A finales de los 90, con la caída en picado de las salas, el espectador del momento comenzó a drogarse con droga cada vez peor. El PAL doméstico devino en un sinfín de codecs imposible, murió el 35 mm del todo, la gente compraba (y aún lo sigue haciendo) monstruosas pantallas planas que dejaban con “el progresivo” puesto hasta para ver filmes rodados antes de la era digital… y una larga lista de barrabasadas tenían lugar cada día en cada hogar. Después de unos pocos años de películas cortadas por ambos lados o anamorfizadas, de “estrimins” grabados directamente de la pantalla de la sala, con sus toses y sus nucas de escorzo, y de revisar clásicos culmen del Séptimo Arte con la misma estética que el programa de Ana Rosa, el nivel de tolerancia ante tanta mala calidad aumenta, y uno ya puede ver cualquier cosa sin achinar los ojos ni agobiarse. 

En fin, que hoy las pelis y series no son como antes, que se parecían al circo o al teatro en su apreciación global como espectáculo. Ahora las pelis y series son como las fresquillas o las mandarinas, sólo que éstas gozan de algo más de respeto porque hay gente con corazón que sabe que no hay que dejarlas a medias porque la comida no se tira. En una entrevista en esa pequeña joya de programa titulada Los Felices 20, el actor cántabro Eduardo Noriega comentaba cómo le daba “un poco de pena” el asunto. Rodaban una temporada entera durante seis rudos meses de capa y espada, algo menos de un año más tarde se estrenaba, sus colegas se la ventilaban en una tarde y le espetaban: “¡tío, ¿y la segunda temporada cuándo?!”, imaginando, supongo, una máquina de churros gigantesca de la que salen temporadas de serie dándole a una manivela. Como si sólo hiciera falta Eduardo Noriega y un poquito de masa de Play-Doh. 

El bueno de Eduardo Noriega, como Pedro de Valdivia en Inés del alma mía (Paco Mateo, 2020) la serie en cuestión © Amazon Prime

Una vuelta de 360º

Y como los seres humanos somos así, de repetirnos todo el rato y no escuchar a nuestros padres ni gustarnos la historia. Ahora que, en nuestros gustos y usos hemos vueltos a los años 40, no sabemos muy bien qué hacer con la administración de nuestro consumo.

Lo de los años 40 viene de serie, con el proceso de infantilización general. En los 40 eran por hambre y analfabetismo, ahora es por la comodidad de poder cagarse encima porque ahí estará el dodotis para retener la bosta y que no manche el sofá de Ikea (que no hay Dios que lave esas fundas). Se puede decir que el espectador, desde los años 40 hasta el fin de siglo XX, se sofisticó. Se sofisticó en sociedad, porque descendieron los índices de analfabetismo, y como veedor de cine. Si en los 40 la gente veía a Tarzán sin saber muy bien qué era un actor, y creyendo que aquellas retroproyecciones eran la jungla; en los 80 y 90 el respetable era plenamente consciente de que a John McClaine lo interpretaba un actor que se llamaba Bruce Willis, y demandaba una mayor verosimilitud en todo. Hoy día, exactamente igual que en los 40, sólo quedan cuatro estrellas muy cañón y el resto es Tarzán. Ya nadie va a ver a Julia Roberts o a Alfredo Landa, van a ver a Ironman o a Dora la exploradora.

Mantis y sus colegas, sin saber que van a morir casi todos, viendo llegar por el espacio un enorme agujero de guion en un frame del caleidoscópico tostón Vengadores: Infinity War (Hnos Russo, 2016) © Marvel

Ojo, que, a mí, que ningún actor vaya a ser nunca más una movie star me da muy igual, eh. Me preocupa la merma. La vuelta a la confusión entre realidad y ficción que había entre las clases más desfavorecidas en el período de posguerra. Me preocupa que, hoy que todo el mundo va a Punta Cana, sigan colando las junglas de mentira hasta llegar a provocar el llanto en un adulto. Me pareció muy bien cuando tras las combustiones espontáneas de los protagonistas de Vengadores: Infinity War (Hnos. Russo, 2016) giré mi cartón y divisé a varios chiquillos (de entre 11 y 40 años) llorando porque se había muerto El Hombre Araña; pero lo que me preocupó es que también lloraran hombres fornidos de barba cerrada que lo mismo hasta tenían hijos. Alguno dirá: “es como el western y la generación de nuestros padres, ¿no?” Mi respuesta ante tal comparación mejor ni la escribo, que iba a conllevar muchas palabrotas. Quédense con que jamás he visto a mi padre llorar porque a uno de sus mugrientos héroes lo dejaran tieso en una balacera.

Infantilización sembrada, no se tienen que complicar demasiado aquellas otras que van dirigidas a adultos a los que les da vergüenza (o tienen prejuicios hacia) lo infantil. Pero atención… Como hay tanto, hace ya un tiempo que se observa cierto comportamiento en los usos. Ránquines por nacionalidad, logaritmos locos y publicidad muy cara nos van guiando con qué serie empezar, pero cómo amortizarla es cosa nuestra. Y cómo los graneles de series no dejan resaca, alguno que otro incluso ya se está desenganchando de la tele, optando por entretenimientos más primitivos como la vida rural, el alpinismo y la bicicleta.

¿Qué se hace? Se dosifica. HBOAmazon Prime Video, nuestra Movistar, e incluso, llegado el momento, Netflix deciden racanear sus productos más esperados, estrenándolos capítulo a capítulo, semanalmente. Exactamente igual a como se había hecho toda la puta vida. Y el éxito, así de organizadito todo, sin líos, ni tiempo perdido en elegir, ha sido mayor. Servidor se dio cuenta, cuando sacaron aquella deliciosa secuela del Watchmen de Alan Moore (la serie que continuaba el cómic de Moore, eh, no el esperpento de película aquella), de que esperaba a que llegara el viernes exactamente igual que en los ochenta y noventa, antes de la contraprogramación y demás sinvergonzonerías a las que ahora estamos acostumbrados. Ahora el público necesita la Guía del Ocio y el Teleindiscreta más que nunca. Al margen de los intentos de abarcar inconmensurables, en plena era del audiovisual al clic, necesitamos que nos digan qué ver, porque si no, no disfrutamos nada.

Watchmen (Damon Lindelof, 2019) una serie por la que merece la pena incluso madrugar más de lo habitual © HBO

Esperemos a ver cómo continúa la cosa hasta el próximo apocalipsis, en el que se acabe el audiovisual por completo y volvamos a los teatros a ver esgrima y a los circos a ver trapecistas, payasos y lanzadores de cuchillos. Parece ser que de este último (el del virus) se ha salvado. Mientras tanto habrá que gestionar cómo entretenerse sin que a uno le de un empacho malo. Usted, querido lector, sea consciente de que los creadores de lo que ve no le conocen de nada y es imposible que sepan lo que usted quiere que ocurra en la trama. De lo que hay, que es muchísimo, consuma como le parezca mientras dure. Hínchese si quiere, que es mejor eso que darse a cualquier vicio nocivo como el alcohol, el terrorismo, los debates políticos o los patinetes eléctricos.

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